domingo, 26 de octubre de 2008
domingo, 29 de junio de 2008
No sé qué hacer con mi vida

NO SÉ QUÉ HACER CON MI VIDA:
si morir de viejo o suicidarme joven,
si sacar conclusiones o enfermar de dudas.
No sé si dejar los sueños o vivir de golpe
en la más perpetua de las fantasías.
Si exigir certezas o infundir incertidumbres,
si llorar de frío o reír desnudo,
si relucir o apagarme.
No sé de verdad qué hacer con todo esto:
si volverme piedra o volar,
si ignorar quién soy o razonarme.
Soy tantas dudas de mi,
que respiran mis pulmones incógnitas de aire;
tantas preguntas soy sobre mí mismo
que responderme es igual a envenenarme.
martes, 24 de junio de 2008
Él sabe que no es bueno
Él ya sabe que no es bueno, no es aconsejable, de hecho está prohibido, así, sin licencia ni plan preconcebido, tener armas en casa. Así le dice su mujer día tras día: «si la tienes la acabarás utilizando». «Claro —contesta—. El que algo tiene algo le cuesta». Y es que hay momentos en que un disparo es un grito de protesta, un movimiento reflejo estrictamente necesario.Manolo no la hagas, por favor, Manolo, no lo hagas.
No me detengas, la historia absolverá esta barrabasada.
Y así diciendo, abre Manolo la puerta del balcón, y empuñando su pistola como quien liberta a una raza, empieza a disparar contra todos los turcos, españoles, portugueses, franceses, rumanos, croatas, rusos, polacos, suizos, alemanes, checos, austriacos, contra toda esa masa detestable que lee el Marca como quien lee una Biblia, como quien se arranca los ojos para vociferar a favor de su propia desgracia. Se lo merecen, Encarna. Si no les mato esta arma no me sirve para nada.
viernes, 21 de marzo de 2008
Ruy Duarte de Carvalho, Indicios de lluvia
A continuación os ofrezco mi traducción del cuento del escritor angoleño Ruy Duarte de Carvalho Indicios de lluvia, que aparecerá próximamente publicado en la Revista Abril, publicada en Luxemburgo. Los enlaces a la información sobre Ruy Duarte de Carvalho y la Revista Abril, podéis encontrarlos en el apartado "Enlaces interesantes". Llevando la mirada hacia el sur, hacia la izquierda del sol, alrededor de las cinco de la tarde, el cielo se ensombrece, de un azul denso, por encima de las copas de los árboles del monte lejano. Indicios de lluvia.
Adriano Kapiapia, en mitad del monte, gira sobre sí mismo y analiza los indicios. Contempla el cielo por encima de los montes, las piedras y las arboledas que languidecen a lo lejos, más allá del universo que conoce. Hacia el sur las vistas son reducidas, el nacimiento del río, planicies hacia el norte, también hacia el poniente.
Adriano Kapiapia predice el cielo. Sobre el horizonte que el ramaje conforma, sobre la ladera que tiene a su frente, se expande la masa de una nube espesa, negra y pesada, con una orla blanca. En el hemiciclo opuesto, el cielo es claro, todavía, provisto de una luz azul y rasa. Sin embargo, llevando la mirada hacia arriba, y recorriendo con ella la curva que se describe de una punta a otra del horizonte, se puede ver cómo el cielo se va oscureciendo poco a poco hasta transformarse, apaciblemente, en un fondo opaco para la orla blanca. Solo la orla, pues, anuncia la nube espesa. Otras nubes más pequeñas la antecedieron y se esparcen ahora libremente por el cielo, sin conquistar aún, no obstante, el azul del norte, donde se dibujan tan solo ráfagas fugaces. Y el cielo está así, con el sol, que quema, a media altura.
Es diferente ya la luz de la tierra. La luz cruda del sol se ha convertido en resplandor. La luz del resplandor. El rectángulo de tierra labrada, que se extiende a uno de los lados del camino, vive una luz que se diría autónoma y creciente, de combustión oculta y prolongada. La misma luz viven las piedras, los troncos de las arboledas, la ceniza yaciente de las talas de octubre. Es una luz que brota repentinamente. De la tierra y de las formas. Las hojas, que son verdes, reflejan brillos cálidos en sus bordes, no como si el cielo fuese dorado y ellas fuesen su espejo y el brillo las envolviese y el aire procurase esas formas para así exhibirse. Sino como si el cielo, que poco a poco se oscurece, transfiriese a la tierra la luz que la tempestad expulsa de sí. La luz, al encuentro de la noche que la tormenta impone. Indicios de lluvia.
Adriano Kapiapia ausculta el sonido. El sonido y los sonidos. El sonido se ha extinguido, el marullo de la rutina encendida, que confunde orígenes y distancias, la vaga y efervescente amalgama de gritos, ruidos, pasos y vuelos. Ahora los sonidos son nítidos, orígenes localizables que vierten al aire sus sonoras señales. Y es sobre este silencio que avanza el sonido tangible, el sibilante ímpetu de las criaturas aladas, la lija que se insinúa entre las hojas de los carrizos, los chasquidos aislados de las ramas secas, la voz de una mujer escondida por las piedras, el ronquido exhausto de un motor renqueante, el cacareo de las pintadas en su huida apresurada, la vaga percusión de los truenos lejanos. Y el viento. El viento interior del bosque oscuro, localizados focos del viento que asciende, el súbito temblor de un nudo de árboles secos. Viento sin norte, remolinos atolondrados en la planicie sombría, la tierra exhala hálitos nocturnos. Indicios de lluvia.
Adriano Kapiapia contempla aún el cielo. A lo lejos, extraordinariamente definidos, los cada vez más tenues contrastes del ocaso. Y la silueta de los montes. Es lo que queda aún de tierra iluminada. Resplandece, clara, como solo podemos apreciarla cuando llueve, la bruma ya extinta o encumbrada en las nubes, concretas y presentes, confundidas ya en una sola nube que se diría cielo, nocturno y bajo, invasor de un cielo anterior y sin límites. Al sur, la noche; al norte, el día. Todo nítido, pues la noche está alta. Nunca fueron tan distinguibles las formas recortadas de las piedras, de los árboles, de los caminos y sus accidentes. Y a lo lejos, la claridad de la sabana. Indicios de lluvia.
Adriano Kapiapia retoma la marcha y apresura su paso. A duras penas consigue ascender la pendiente, alternando el paso de sus piernas gruesas, entumecidas e hinchadas por la edad. Después se detiene y dice para sí mismo:
—Va a empezar a llover. Pacasa Kitato, mi hermano, ya tiene que estar viniendo para acá.
Pesado y torpe, logra alcanzar con esfuerzo la cima del monte. Y lentamente se difumina en el oscuro paisaje.
El cielo es solamente oscuro ya en su inmensa totalidad. Y se oye un zumbido que proviene del este. Es la lluvia que se acerca. Sobre la tierra labrada que Bumba Kasuque cosechó en octubre y Vunge Kisate rozó tres veces, caen gotas gruesas, primero de forma aislada, mofándose del suelo, después cubriendo toda la superficie, hasta que otro color se apodera de la tierra, ahora roja, luego más parda, y se abren fisuras por donde corre el agua, y las hojas brillan aunque ya estén secas y se ennegrecen las piedras y el mundo se pinta de blanco.
Es otro el silencio, desgarrado ahora, bullicioso y cierto.
Ascienden voces desde el fondo del valle. Emergen en grupo, de la cortina blanca de lluvia intensa, firme y copiosa, los cuerpos mojados de personas que cantan. Les encabeza un anciano, que camina con paso desgastado, mudo, y que no canta, ni ríe, ni habla, y mira hacia el suelo, y tiene un gesto mojado que no denota alegría ni tristeza.
Esta lluvia es suya. Es suya y de los vivos a quienes los muertos escucharon. No necesita dar de sí más de lo que ya es. Está dentro de la lluvia, habita en los parajes que la engendran y la dan. Ya vive en un mundo que es uno solo y no se distingue. Si está vivo o muerto, si es Dios o palabra, si es gesto o si es alma, le trae sin cuidado. Él es mundo, y si es mundo camina en silencio, pues es el silencio quien todo lo gobierna.
Adélia Prado, Vals para una tarde serena

Américo, te amo, Américo. Tienes una tienda de telas y una mujer a la que vives queriendo no engañar, un hijo tan mono, Américo, unas manos tan finas de medir tejidos, de acariciar mi cuello como si me fueras a asesinar. Eres un coloso, Américo, lo tienes todo para encantarme. Es tan ignorante tu inteligencia antiacadémica que los mundos nuevos que me descubres me resultan deslumbrantes. Qué dientes afilados… Se te ve tan saludable, no me vas a pedir que te invite a un té. Siempre que te pido un metro de gasa me replicas, para darme más conversación: «Llévate también un metro de este amadapolán». ¿Dices amadapolán porque eres tonto o porque quieres hacerte el listo, Américo? En otra época, a la primera equivocación al hablar, descartaba a cualquier hombre. Hoy no. Hoy quiero probarlo todo. Eres un padrazo, un hombre de tu casa, un marido ejemplar. Seguro que tienes un libro ¿verdad? Y una colección de paquetes de tabaco y una foto de tu madre. Cierras la tienda los domingos y las fiestas de guardar, increíble Américo, no quieres hacerte rico, eres tan irresistible. Tu mujer viene y me pide un poco de azúcar y yo lo que le pido es que me deje ver tu álbum de fotos: tú con tu hijo en brazos, tú poniéndole comida al pájaro, tú jugando con el perro. Cuando te quedas quieto y dejas de contemplarme de esa forma invisible, te dibujas en mi mente, se dibujan esos ojos tuyos de hombre tan bonitos, más que los de una mujer, bonitos. Tú eres mi amor cortés, por ti hago dulce de leche, y lo corto en cuadraditos, y me pongo mi blusa bordada y me siento en el banco de la plaza y espero a que pases, cuando «cae la tarde tristona y serena, con una delicada y suave languidez»[1], para entregarte mi corazón.
Tú pasas y yo te digo: «Buenas tardes, Américo.»
[1] Campos, Erothides de (1924). Ave Maria (varios intérpretes).